Homilía

 El amor a los enemigos, quintaesencia del cristianismo

La Justicia de Dios Padre en el Sermón de la montaña

Uno de los grandes temas del Sermón de la Montaña es el tema de la Justicia de Dios Padre desde la perspectiva de Jesús. Y también la justicia es uno de los valores en juego en todas las sociedades democráticas, pero particularmente en las más precarias, donde todavía no hay sistemas judiciales eficientes y donde se permite la aniquilación social de las personas e incluso el linchamiento físico de las mismas bajo la legitimación de una “justicia comunitaria” realmente fatal. El tema del perdón y el amor a los enemigos, mensaje clave de la palabra de Dios de este domingo, tiene un fundamento bíblico en el Antiguo Testamento y su plenitud en el Nuevo Testamento.

El mal de Caín sólo se frena con el convencimiento del bien

Tras matar Caín a Abel “Caín es marcado por Dios para evitar que nadie mate a Caín, porque quien lo mate recibirá siete veces venganza (cf. Gn 4,15). Quien mata a Caín acaba haciéndose como él, y acaba, creyéndose “el justo”, pudiendo decidir sobre la vida de los otros. Un poder legítimo acaba siendo desautorizado cuando se deja llevar por el odio y la venganza y adopta una estrategia de destrucción o desaparición de los “caines” de turno. Esta violencia es siete veces peor que la actitud cainítica, porque normaliza, legaliza y legítima el uso de la violencia en las relaciones socio-políticas. De ahí que Dios marque a Caín para que sea respetado si no se quiere caer en un abismo social.

Cristo crucificado es el amor en su pura gratuidad

Esa situación humana de conflicto de Caín y Abel sólo tiene verdadera solución desde el Crucificado cuando grita: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)”. Jesucristo crucificado y resucitado ha establecido el amor hasta dar la vida como el nuevo principio de la libertad más profunda y de la gratuidad más pura. La novedad religiosa del cristianismo está en la revelación de un Dios identificado con los pobres, anonadado y crucificado.

La nueva sabiduría es el amor a los enemigos

Este principio de la nueva sabiduría, de la nueva mentalidad, nos brinda hoy en la Palabra de Dios otras dos grandes novedades. La primera es que el nuevo templo de Dios en el mundo son todos los seres humanos, particularmente los crucificados y los que, de cualquier forma, están íntimamente vinculados a ellos y a Jesús crucificado. La segunda es el mandamiento del amor a los enemigos, la novedad más absoluta y límpida del cristianismo donde queda plasmada la gran autoridad de Jesús en su gran ruptura con la cadena de mal que amenaza y atenaza a la humanidad. La nueva presencia de Dios en el mundo se manifiesta, a partir del crucificado, no en los templos sino en los seres humanos, en los crucificados, en los creyentes y en la comunidad.

El templo de Dios sois vosotros

Nótese el carácter enfático de la afirmación paulina: “el templo de Dios sois vosotros” (cf. 1Cor 3,16-17). El viejo templo quedó sustituido por el cuerpo de Cristo crucificado cuando coincidiendo con su muerte el velo del santuario se desgarró en dos. A partir de entonces incluso los paganos entran definitivamente en el ámbito de Dios cuando, como el centurión pagano, reconocen en el crucificado al Hijo de Dios. De la misma manera, la comunidad cristiana, imbuida de la sabiduría del crucificado y concentrada en su misión de atender a los que sufren, constituye en el mundo el nuevo templo de Dios donde habita el Espíritu Santo y Santificador.

Las novedades absolutas del cristianismo

Para ello la Iglesia se nutre de las enseñanzas y acciones de su maestro que también desde la cruz, perdonando a sus enemigos y orando por ellos, nos dejó la gran lección explicada hoy en el Evangelio de Mateo (Mt 5,38- 48). Ahí se encuentran dos ejemplos más de la plenitud que Jesús ha dado a las leyes antiguas para orientarlas y situarlas en el plano de la justicia divina. Se trata de los casos de la superación de la ley del Talión y del amor a los enemigos, los cuales constituyen desde la perspectiva cristiana novedades absolutas de comportamiento y reflejo de otro mundo de valores, sin duda, los más específicos del Reino de Dios.

Resistir activamente al malvado

Respecto al primero, la norma del “ojo por ojo y diente por diente”, presente en el AT (Ex 21,24; Lv 24,20; Dt 19,21) por influencia de otros códigos de conducta del entorno geográfico (Código de Hammurabi), no pretendía legitimar la venganza sino que más bien pretendía limitar la violencia, desde el derecho y la justicia, estableciendo una proporcionalidad adecuada en la compensación del daño realizado. Pero la reacción de Jesús va mucho más allá de aquellos parámetros de justicia y no está orientada a compensar el mal, sino a resistir al malvado, mediante la resistencia activa fundada en el amor.

La justicia sobreabundante del amor puede salvar al malvado

Los cuatro ejemplos ilustran “la resistencia al malvado”. Poner la mejilla, dar el manto, correr dos millas y dar prestado sin reticencias son comportamientos propios de una justicia nueva. Es la justicia sobreabundante, anunciada por Jesús al inicio de estas consideraciones del AT y no consiste en utilizar los mismos medios que el agresor, sino en actuar según la lógica del amor para poder así salvar al malvado. Más allá de las leyes de una justicia retributiva, distributiva o vindicativa, está la justicia salvífica, sobreabundante y trascendente del Reino de Dios. Por ello el segundo mandato del amor a los enemigos es el culmen de todo lo dicho hasta ahora: el colmo de la justicia sobreabundante es el amor al enemigo.

El amor a los enemigos en la oración por ellos

El amor al prójimo es propio del código de santidad (Lv 19, 18), pero el del amor a los enemigos lo es del Nuevo Testamento. No es del todo exacto que en el AT exista un mandamiento del odio al enemigo sino una descripción de la conducta correspondiente (Sal 109,6-20). El amor al enemigo se verifica especialmente en la oración. El fundamento de este amor sin barreras está en la misma imagen de Dios del cual somos hijos porque Él es el Padre y el que da los dones de la creación a todos en la humanidad.

El amor de la pura gratuidad es el que perdona a los enmigos

El amor de la justicia sobreabundante no se limita al amor de la reciprocidad o al amor en el interior de la fraternidad, sino al amor sin recompensa alguna, al amor de la pura gratuidad. La perfección a la que invita el Evangelio es la imitación de la santidad de Dios: “Sed santos como yo soy santo” (Lv 19,2; 20,26). El ser “perfectos” (Dt 18,13; Lv 19,21) aparece también en la escena del joven rico (Mt 19,21), por lo cual se puede deducir que la perfección no consiste sólo en el cumplimiento de los mandamientos, sino en dar los bienes propios a los pobres y en seguir a Jesús con todas sus consecuencias. Este tipo de amor no sólo es el sinónimo de la perfección, sino de la justicia sobreabundante. El paralelo lucano de esa llamada a la perfección indica que se trata de actuar con misericordia con los más necesitados orientando nuestro amor hacia quienes no pueden devolver nada a cambio (Lc 6,36).

Los nuevos valores del Sermón de la Montaña

En el sermón de la montaña se va desentrañando así una serie de valores nuevos y contraculturales vividos significativamente por Jesús y el grupo de discípulos. Los valores se refieren a comportamientos predicados y vividos por Jesús, que posteriormente asumieron y desarrollaron los cristianos generando un estilo de vida nuevo y un mundo de valores totalmente diferentes. La radicalización y profundización de las prohibiciones de matar y de insultar, de cometer adulterio, divorciarse y de desear la posesión del otro, la renuncia a la violencia y el amor a los enemigos, así como la vida marginal inherente a la misión, constituyen los aspectos básicos de la conducta de Jesús y de sus seguidores y forman parte de la sabiduría de Dios.

La Justicia sobreabundante del Reino de Dios

La vida del discípulo comporta, pues, un cambio de valores desde las categorías evangélicas y desde la justicia sobreabundante del Reino de Dios Padre de todos. Lo que hay que buscar en nuestro mundo es hacer un hogar universal para toda la familia humana, derribando todo tipo de muros, pero sobre todo el que excluye a los pobres de la tierra de la mesa de los ricos.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura