¡Alégrense! ¡Aleluya!
¡Exulten! ¡Aleluya!
El pregón pascual, al principio de la vigilia, resuena como una auténtica explosión de alegría y júbilo con su primera palabra: “Exulten”. Con ella el pregonero de las fiestas de Pascua marca la actitud fundamental que debe llenar el corazón de los fieles en el Pueblo de Dios. Es una palabra que procede del latín, traduce la forma verbal del “exsultet” del canto gregoriano y apenas se conoce fuera del ámbito litúrgico. Por medio de ella se convoca al universo entero, celeste y terrestre, a hacer fiesta por el Resucitado, en esa noche en que Jesús ha vencido la muerte, el pecado y la culpa de la humanidad. Exultar es mostrar alegría y gozo de manera desbordante. Exultar es el grado supremo de la alegría. Es la alegría espiritual que nace del fondo del alma y suscita emociones sin cálculo. Es casi imposible cantarla con fe en una celebración sin que se produzca un escalofrío vibrante de gozo, también físico. A esta alegría es a la que se invita a toda la Iglesia y al mundo por asistir a la proclamación de la gran buena noticia por antonomasia para la humanidad: Cristo ha resucitado. Esta demostración de alegría exultante, especialmente con motivo de Pascua, es la que contiene la palabra ¡Aleluya!



















